Joludi Blog

Mar 22
La teja que tenía una historia que contar.
Esta sencilla teja que ayer fotografié en el Museo de la Paz tiene una emocionante historia que contar. Yo me limité a escucharla fascinado en medio del silencio solemne de ese lugar sagrado donde la emoción...

La teja que tenía una historia que contar.

Esta sencilla teja que ayer fotografié en el Museo de la Paz tiene una emocionante historia que contar. Yo me limité a escucharla fascinado en medio del silencio solemne de ese lugar sagrado donde la emoción y el dolor se respiran como si fuesen oxígeno.

Durante muchos, muchos años, tal vez desde comienzos del siglo XIX,  esta teja estuvo en el tejado de la familia Sato. Protegió muy bien a más de ocho generaciones de hombres, mujeres y niños Sato frente a  los húmedos y fríos inviernos de Hiroshima. Jamás dejo pasar una sola gota de ese agua helada y cruel que según la mitología nipona envian los dioses a la tierra cuando están enfurecidos por los descuidos de los mortales. La vedad es que demostró siempre ser una teja muy bien hecha. Como casi todas las fabricadas en los hornos de Mizakata. Una teja a la que los artesanos moldearon con la apreciada arcilla de la cantera de Kezuan, hoy ya agotada.  Una teja que fue cocida cuidadosamente, con fuego alimentado por leña de cedros centenarios, durante el tiempo justo y con la temperatura adecuada. Una teja que se secó de forma apropiada, en la ladera sur de la montaña sagrada, frente al milagro del sol naciente japonés, a la espera paciente de ser colocada meses más tarde sobre el tejado por las propias manos del Sato que construyó la casa familiar de Hiroshima.

Cuando el Enola Gay dejó caer su cargamento de horror, prácticamente todo el material de construcción de los edificios situados a mil metros o menos del hipocentro se licuó en unos pocos segundos como si fuese mantequilla  fundida. Pero por alguna razón, esta teja sobrevivió. Quizá estaba escrito su destino de superviviente. Quiza lo quiso así algún dios de la mitología nipona encargado de garantizar que las tejas cumplan su función protectora de los hogares.

Lo cierto es que entre tanta lava ardiente, entre tanto muro licuado o convertido en cenizas, la teja sobrevivió. Intacta. Quién sabe por qué.

Toru Sato era un joven de 18 años que se encontraba fuera de su casa de Hiroshima cuando cayó la bomba. El 9 de Agosto retornó precipitadamente a la ciudad y recorrió desesperado el lugar donde había estado levantada su casa familiar. Buscó entre las ruinas y las cenizas alguna pista sobre lo que había sido de su familia. Solo encontró esta teja. La  reconoció como una de las tejas de lo que hasta hace unos días había sido el tejado de su casa. Era lo único que quedaba. La miró detenidamente con el corazón en un puño. Y al cabo de unos segundos comprobó que alguien había escrito, con ayuda de algún hierro o  instrumento punzante, algunas  palabras sobre esa teja que, si bien con dificultad, podían llegar a leerse si se miraba bien:

“Familia Sato. Atsuko  bien.  Kuniko muerta.  Padre, Tatsumi y Kazue, no se sabe”.

En ese  momento, las lágrimas de Toru Sato, el hijo mayor de la familia Sato, cayeron sobre la teja. No dejaron de caer durante interminables instantes, en el silencio de aquella inmensa extensión de ceniza y muerte.

Y, aunque no hay pruebas de ello, ni lo detallan los carteles del Museo que explican y traducen las palabras que están grabadas sobre esta teja tan especial, yo se bien que aquellas lágrimas del joven Toru consiguieron penetrar a través de los poros de esta teja superviviente. Por primera vez, esta teja abrió sus prietas moléculas para franquear el paso a las lagrimas de un joven llorando por su familia aniquilada.

Esta es la historia de una teja, que ayer yo escuché en el  silencio del Museo de la Paz, en Hiroshima.