Joludi Blog

Abr 24
Canciones de Cuna.
Estamos en 1996, es un frío y lluvioso día de invierno en Massachusets.
Jill Bolte, una mujer de unos 30 años, se dirige hacia uno de los laboratorios de la Universidad de Harvard para iniciar una nueva jornada de trabajo. Jill...

Canciones de Cuna.

Estamos en 1996, es un frío y lluvioso día de invierno en Massachusets.
Jill Bolte, una mujer de unos 30 años, se dirige hacia uno de los laboratorios de la Universidad de Harvard para iniciar una nueva jornada de trabajo. Jill atraviesa hoy el parque con el aire cansado. Muy cansado. Le cuesta trabajo sujetar el paraguas y evitar que el viento se lo lleve. Realmente no se encuentra hoy bien, pero eso es algo normal teniendo en cuenta el esfuerzo que está realizando últimamente con sus proyectos de investigación. Jill es especialista en neuroanatomia y está trabajando en un importante estudio sobre la influencia de la esquizofrenia en la percepción de la realidad por parte del cerebro. Jill es brillante y admirada, pero esa admiración, por alguna razón, no la compensa hoy del infinito cansancio que siente.
A las 08:45, Jill se detiene. Se siente realmente mal. Al cabo de un instante cae al suelo totalmente desorientada. Acaba de tener una hemorragia cerebral gravísima. Su vida pende de un hilo. El paraguas que empuñaba, desarmado y roto, se pierde hacia el interior del parque empujado por una racha cruel de viento helado.
En cierto modo, Jill tiene suerte. La recoge en cuestión de minutos una ambulancia que la lleva al Hospital. Allí pasa largos días debatiéndose entre la vida y la muerte. Los cirujanos arrancan de su cerebro un coágulo del tamaño de una pelota de golf. Y, de algún modo, sobrevive.
Pero Jill ya no es Jill. No reconoce a su madre. No es capaz de hablar ni de leer. No puede andar ni moverse. No entiende bien lo que la está ocurriendo. No recuerda nada…La brillante neurobióloga no es ahora más que una niña de tres años. Si acaso.
Sin embargo, hay algo, en lo más profundo de Jill que sigue siendo Jill. Hay algo que la dice que se puede seguir luchando. Que se debe seguir luchando.
Sí. Se diría que existe todavía, en algún lugar de su cerebro dañado, una idea que no ha desaparecido tras el desastre neurológico que ha sufrido. Hay algo que pervive de su formación como neuroanatomista. Se trata es la certeza de que el cerebro humano es prodigiosamente plástico. Que se puede recuperar y rehacer. Que a diferencia de los chips y los circuitos electrónicos, ella puede renacer de sus cenizas si se alcanza a encontrar la vía y el método para hacerlo.
Es una convicción pequeña, una certeza ínfima. Tal vez el último resto de lucidez de su cerebro dañado. Pero de algún modo ella sabe que eso es así.
Comienza entonces una increible epopeya personal.
Con la ayuda de su madre, Jill inicia una larga, laboriosa, dolorosa rehabilitación de su cerebro. Pero ella sabe cómo hacerlo. O al menos supo algún día cómo hacerlo, cuando ayudaba a sus pacientes esquizofrénicos. Todo lo que hay que intentar es ir poco a poco recuperando la funcionalidad de cada una de sus neuronas destruidas. Hay que conseguir que renazca su brillante inteligencia paso a paso.
Puzzles, tebeos, juegos infantiles de construcción, canciones de cuna…Sobre todo canciones de cuna. Como ha ocurrido en otros casos médicos similares, cuando Jill canta con su madre canciones de cuna, parece que sus neuronas se despiertan y su cerebro devastado se va rehaciendo.
El resultado final es un milagro. Ocho años después Jill vuelve a ser Jill. Vuelve a dar clases en Indiana y Harvard, sobre neurobiología. Y escribe un libro maravilloso y único sobre su terrible, pero hermosa experiencia.
Seguro que a sus alumnos de Harvard, y a los que acuden a las numerosas conferencias que ahora imparte, Jill les explica mejor que nadie lo increible que es ese pedazo de materia gris que forma el cerebro, donde palpitan misteriosamente cien mil millones de neurona y cincuenta mil billones de moléculas. Seguro que nadie mejor que Jill para explicarles que lo que hace al hombre un hombre es tal vez su capacidad para renacer de sus cenizas. En lo moral. En lo físico. En lo neurológico. Nadie como Jill Bolte para explicar a unos estudiantes ávidos de aprender el sobrecogedor milagro de la resiliencia y la plasticidad del cerebro humano, esa extraña cosa capaz de renacer de la muerte mientras suenan viejas canciones de cuna.