Joludi Blog

Jun 22
El Mal.
Mientras vagabundeo por los caminos ganaderos del Guadarrama, bajo el calor ya casi insoportable del solsticio, dejo también mi mente vagabundear. Miro la cadena en movimiento de mi bicicleta, con la que trabajosamente asciendo por un repecho...

El Mal.

Mientras vagabundeo por los caminos ganaderos del Guadarrama, bajo el calor ya casi insoportable del solsticio, dejo también mi mente vagabundear. Miro la cadena en movimiento de mi bicicleta, con la que trabajosamente asciendo por un repecho bordeado de amapolas y retamas. Y miro el plato dentado que arrastra la maquinaria, conmigo encima, por los senderos polvorientos.

Y viendo esos dientes, pienso en el Mal.

Cada uno de los dientes del plato es idéntico al otro. Cada uno contribuye al funcionamiento del sistema de una manera similar. Cada diente no sabe ni lo que hace ni a dónde vamos. Solo arrastra unos instantes la cadena, para dejar inmediatamente el puesto a su compañero y esperar que llegue de nuevo su momento. Así cientos de veces, miles de veces, millones de veces…

¿Acaso el Mal, con mayúsculas no es precisamente eso? ¿No es la pretensión tenaz de ver a los seres humanos como simples elementos de un gigantesco rotor? ¿Puede ser el Mal otra cosa sino pretender que cada persona se avenga a ser tan solo un número, un ser desechable, un ente sustituible, intercambiable e impersonal, una criatura superflua en su mera e insignificante individualidad, un ser que a alguien es dado integrar a su antojo en la maquinaria de un interés que se que establece como superior?

Cuando Hannah Arendt viajó a Jerusalén para asistir al jucio de Eichman, tuvo una iluminación (quizá una dolorosa o al menos incómoda iluminación). Descubrió pasmada que Eichman no era la encarnación de un mal radical, profundo, de una especie de satanismo insondable. Descubrió que Eichman era tan solo un imbécil.

Sí. el Eichman que vió Arendt era solo un imbécil. Un imbécil con catarro, para ser más exactos.

Comprobó Arendt (es sintomático que a una gloria del pensamiento del siglo XX nos empeñemos en llamarla siempre con su nombre de pila, como si quisieramos enfatizar que fue mujer, mientras que rara vez hacemos lo mismo con filósofos del otro género), comprobó Arendt, digo, que Eichman jamás había analizado nada, jamás había examinado nada de su vida, jamás había evaluado el valor moral de lo que hacía. Era un idiota inconsciente, por encima de todo. Una gota de idiocia inconsciente en el océano de estupidez e indiferencia que hizo posible la Shoah.

Y Arendt tuvo entonces el valor (que le costó caro) de pensar que el verdadero Mal no estaba en los cientos o miles de idiotas como Eichman, sino en el Sistema. Un Sistema diseñado para hacernos superfluos, para convertirnos en irrelevantes piezas de una maquinaria, Ese sería el verdadero Mal, el Mal profundo y radical. Y asociado a él estaría el Mal de los Indiferentes, el de los Cómplices Callados, el de los Espectadores Entretenidos…

El Mal verdadero no es el de los SS que llevaban en camiones a los judíos a Auschwitz. O el de los carceleros del Gulag. El Mal insondable sería más bien el de aquellas 20 (veinte) ventanas que se encendieron en la madrugada del 13 de Marzo de 1964, para ver como apaleaban a Kitty Genovese, en un rincón del Bronx.

Los que miraban a través de aquellas ventanas aquella trístemente célebre paliza y violación, no hicieron nada por evitar el sufrimiento de su vecina, como no hicieron nada millones de alemanes que fueron indiferentes ante la barbarie del Holocausto. Aquellos veinte vecinos miraban. Y siguieron mirando indiferentes cuando aquellos matones del Bronx se marcharon. Ni siquiera apagaron las luces. Por eso los matones volvieron poco después y remataron a Kitty Genovese, que desde entonces, se convirtió en el icono de un sistema que estimula la apatía moral, la indiferencia, la despersonalización…es decir, el caldo de cultivo del verdadero Mal, de ese Mal que convierte al ser humano en un simple diente de un rotor como el de mi bicicleta.

Llego con estos pensamientos a casa. Melancólico y sediento.


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